Antonio Rendón . Texto Carlos Valera Real . Bajo la blanca claridad de la marisma, cuando el alba despierta sobre los pinares y el rumor de las carretas parece una oración antigua, la Madre del Rocío vuelve sus ojos hacia el mundo. No habla con voz de trueno ni con palabras de reyes; habla con el temblor humilde de una madre que conoce las heridas de sus hijos. Y en el silencio de las velas encendidas, entre plegarias gastadas por los años y lágrimas que sólo el cielo comprende, la Virgen nos llama por nuestro nombre.

“Hijos míos ,dice la Blanca Paloma,, no dejéis que el orgullo os separe. Sed hermanos bajo el mismo simpecado, manos abiertas en el camino y abrazo sincero en las noches oscuras. No hay romería verdadera si el corazón camina vacío de misericordia.”

Y mientras el viento mueve las arenas de Doñana, su mirada alcanza a los que sufren en silencio: al anciano olvidado que espera una visita, a la madre que no duerme por el hambre de sus hijos, al jornalero cansado, al enfermo que conversa con el dolor cuando todos callan. La Virgen del Rocío extiende su manto sobre ellos como un río de consuelo.

“Buscad al necesitado ,nos dice,, porque quien comparte el pan conmigo jamás estará solo. Dad agua al sediento de esperanza y compañía al que vive encerrado en la tristeza. Ningún hombre es pobre si encuentra amor en otro hermano.”

Entonces su voz se vuelve más honda, como si atravesara los barrotes de todas las cárceles del mundo. Allí donde habita el remordimiento y el tiempo pesa como una piedra, también llega su luz.

“A vosotros, hijos tras las rejas, no os olvido. Ninguna puerta puede cerrarse para la misericordia de Dios. Hay cadenas que sólo rompen el perdón y heridas que sólo sanan el amor. Levantaos cada mañana con esperanza, porque hasta en la noche más larga puede nacer la aurora.”

Y la Virgen mira también a los conventos escondidos, donde las monjas rezan sin hacer ruido, bordando silencio y plegarias para el mundo entero.

“Benditas seáis, almas escondidas, que sostenemos el cielo con vuestro rosario humilde. Vuestras manos pequeñas levantan puentes de paz donde otros levantan odio.”

Después contempla a la humanidad herida: guerras que parten la infancia, pueblos cubiertos de miedo, familias rotas por la violencia y corazones endurecidos por el egoísmo.

“Hijos míos, la paz comienza en el alma. No sembráis- odio donde podéis sembrar ternura. Sed luz en las calles oscuras, palabra de calma en medio del grito, y refugio para quien vive perdido. El mundo necesita menos soberbia y más manos unidas.”

La marisma calla. Sólo queda el eco de los tamboriles lejanos y el olor a jara mojada. Entonces la Virgen sonríe como las madres que esperan siempre el regreso de sus hijos, y en esa sonrisa cabe la esperanza de todos los caminos.

Poema final

I
Bajo la luna clara del sendero,
la Virgen va sembrando la esperanza,
y abraza con su voz al mundo entero,
dejando en cada herida su bonanza.

II
Nos llama por el nombre en la mañana,
con dulce resplandor de romería,
y tiende sobre el pobre su ventana,
llenando de consuelo el alma fría.

III
Al preso que en silencio llora solo,
le lleva una oración entre cadenas,
y rompe la tristeza de su dolor,
cubriendo de perdón todas sus penas.

IV
Las monjas en clausura y recogidas,
levantan con rosarios nuestra suerte,
son lámparas de amor siempre encendidas,
venciendo con su fe la sombra fuerte.

V
La Madre del Rocío nos implora,
que nunca abandonemos al caído,
pues quien comparte pan también atesora,
el cielo prometido y bendecido.

VI
Que no haya entre hermanos más rencores,
ni espinas en las sendas del camino,
porque nacen jardines y mil flores,
cuando el amor gobierna nuestro sino.

VII
La marisma se llena de cantares,
y el viento lleva lejos las plegarias,
mientras cruzan devotos los pinares,
con almas humildes y solidarias.

VIII
La guerra va dejando cicatrices,
y niños sin abrigo ni consuelo,
pero Ella va sembrando nuevas dices,
de paz y reconciliación al cielo.

IX
El anciano olvidado en su tristeza,
encuentra una caricia en su mirada,
y vuelve a florecer la fortaleza,
que el tiempo lentamente le robaba.

X
La Virgen nos enseña cada día,
que el hombre vale más por lo que entrega,
y sólo el corazón que se vacía,
recibe la verdad cuando le llega.

XI
Rocieros del mundo, sed hermanos,
llevad siempre la luz de la esperanza,
abrid con humildad vuestras dos manos,
y haced del amor firme vuestra alianza.

XII
Cuando termine al fin nuestra jornada,
y el polvo del camino nos consuma,
veremos a la Reina coronada,
brillando eternamente entre la bruma.