Antonio Rendón . Texto y cartel, Carlos Valera Real . El barrio donde los aromas también tienen memoria

Hay barrios que se recuerdan por lo que fueron. Triana, en cambio, se reconoce

por lo que huele. Antes de verla llegar cada mes de julio, la Velá de Santiago y

Santa Ana ya anuncia su presencia por el aire. No hace falta cruzar el puente de

Isabel II ni escuchar el primer compás de una sevillana. Basta con dejar que el

viento del Guadalquivir haga su trabajo. Él sabe el camino. Desde hace siglos

reparte por Sevilla un perfume imposible de embotellar, una mezcla de río, brea,

flores, vino y brasas que ninguna fábrica ha conseguido imitar.

La Velá no comienza cuando se encienden las bombillas ni cuando el pregonero

pronuncia las primeras palabras. Empieza mucho antes, cuando Triana vuelve a

oler a sí misma.

Porque Triana tiene un olor antiguo. Tan antiguo como las primeras

embarcaciones que buscaron refugio junto a su orilla. Es un aroma que

permanece escondido durante el invierno y despierta en cuanto el verano aprieta.

Entonces el barrio abre los balcones, descorre las persianas y deja salir una

memoria que no cabe en los libros de historia.

Huele primero a brea.

A esa brea oscura con la que los viejos carpinteros de ribera impermeabilizaban

las pateras, los botes y los pequeños barcos que durante siglos navegaron el

Guadalquivir. Era un olor fuerte, penetrante, casi áspero, que impregnaba las

manos de los calafates y el pantalón de los marineros. Quien nacía en Triana

aprendía desde niño que aquel perfume significaba trabajo. Significaba río.

Porque el río también tiene su olor.

No es únicamente agua. Es limo, corriente, salobre cuando sube la marea, junco

recién cortado, barro removido por los remos, humedad de madrugada y reflejos

de luna sobre la corriente. El Guadalquivir posee un perfume que cambia con las

estaciones, pero que en julio adquiere una serenidad distinta. Parece que también

él quisiera vestirse de fiesta para acompañar a Santa Ana.

Las primeras luces de la mañana traen el aroma verde de las avellanas frescas.

Hace décadas era imposible recorrer la Velá sin encontrar aquellos puestos donde

las avellanas, todavía tiernas, desprendían un olor vegetal que anunciaba el

verano. Era un perfume limpio, casi infantil, mezclado con el de las almendras

garrapiñadas y el azúcar tostándose lentamente sobre el cobre.

Después llegaba el humo.

No cualquier humo.

El de las sardinas asás.

Las brasas empezaban a encenderse cuando el sol aún caía con fuerza sobre la

calle Betis. Poco a poco el carbón se convertía en un altar donde las sardinas

chisporroteaban dejando escapar una fragancia capaz de abrir el apetito a

cualquiera. Era el olor del pueblo celebrando la vida. Del pescado recién traído

desde Bonanza, de los espetos improvisados y del pan compartido entre amigos.

Muy cerca esperaba otro perfume inseparable de la Velá.

La manzanilla de Sanlúcar.

No existe vino que dialogue mejor con el Guadalquivir. Tiene el aroma de la sal, de

la flor seca, de la camomila, del aire atlántico que entra por la desembocadura del

río y termina descansando bajo los toldos de Triana. Cada copa parece guardar

dentro una conversación antigua entre marineros, cantaores y alfareros.

Y cuando el vino encuentra la cocina aparece otro de los grandes olores de este

barrio.

El adobo.

Barbos.

Albures.

Cazón.

Pavía.

Todo rebozado con ese secreto heredado de madres y abuelas donde el ajo, el

orégano, el comino, el pimentón y el vinagre convierten un pescado humilde en

patrimonio gastronómico. El aceite hirviendo termina de escribir la receta

mientras perfuma toda la calle.

Pero Triana nunca fue solamente cocina.

También es un inmenso jardín escondido detrás de las tapias.

Al caer la tarde aparece el clavel reventón.

Grande.

Rojo.

Generoso.

Ese clavel que durante generaciones adornó los patios y que termina prendido en

el pelo de una muchacha o en la solapa de un viejo trianero. Su olor se mezcla con

el romero que muchos colocan junto a las imágenes, con la juncia recién cortada

que antiguamente alfombraba algunas calles en las fiestas y con la albahaca

fresca que sigue creciendo en macetas de barro cocido.

Cuando el calor afloja comienza el turno del jazmín. después llega el galán de noche. Más tarde la dama de noche. Triana cambia entonces completamente de perfume. La fiesta deja de oler a cocina y comienza a oler a patio. Es el momento en que las conversaciones se alargan y las guitarras aparecen sin avisar. Las flores hacen el resto. El azahar, aunque ya pasó la primavera, permanece escondido en algunos rincones como un recuerdo persistente. La hierbabuena perfuma los vasos de rebujito. El limón recién cortado deja su frescura sobre las barras. La canela y el anís anuncian los puestos de buñuelos. El algodón de azúcar devuelve a la infancia. Las garrapiñadas siguen escribiendo en el aire la misma receta que hace cien años. Y de pronto aparece un olor que casi nadie menciona. La cal. Triana también huele a cal. A paredes recién encaladas que reflejan el sol de julio y mantienen fresco el interior de las casas. Ese perfume mineral se mezcla con la cerámica cocida, porque este barrio lleva siglos modelando barro. El barro... Quizá sea el olor más profundo de todos. Barro húmedo. Barro recién amasado. Barro convertido en cántaro. En azulejo. En maceta. En historia. Los alfares de Triana no sólo fabricaron cerámica. Fabricaron identidad. Sus hornos desprendían un aroma a tierra cocida que todavía parece sobrevivir en algunas calles del barrio. También huele a madera vieja. A remos. A embarcaderos. A cuerdas mojadas. A redes tendidas al sol. A salitre que llegó desde Sanlúcar remontando el río. Y cuando la noche alcanza su plenitud aparece otro perfume invisible. La cera. Carlos Valera Las velas de Santa Ana desprenden un olor dulce que inmediatamente transporta al silencio del templo. Mientras fuera continúa la música, dentro permanece la oración. Dos mundos separados apenas por unos metros. Ese contraste también es Triana. Porque la Velá nunca ha sido solamente una fiesta. Es un estado de ánimo. Un patrimonio sentimental. Una conversación permanente entre el río y el barrio. Entre el pasado y el presente. Entre quienes nacieron aquí y quienes un día llegaron para quedarse. Triana huele a todo eso. Pero sobre todo huele a memoria. Los científicos dicen que el olfato es el sentido que mejor conserva los recuerdos. Quizá por eso basta aspirar profundamente una noche de julio para volver a tener diez años. Para escuchar la voz de los abuelos llamando desde un balcón. Para sentir el primer vaso de manzanilla compartido entre amigos. Para volver a ver a las mujeres regando los patios antes de que llegaran las visitas. Para recordar a los marineros remendando las redes mientras el sol caía lentamente sobre el Guadalquivir. Cada barrio tiene una banda sonora. Triana posee además una banda aromática. Y esa partitura la escriben el río, la cocina, las flores, el barro, el vino y el humo de las brasas. Quizá por eso nadie puede explicar del todo qué significa la Velá. Porque la Velá no se contempla. Se respira. Y mientras exista alguien capaz de cerrar los ojos, llenar los pulmones y reconocer en el aire la mezcla de brea, sardinas, romero, jazmín y Guadalquivir, Triana seguirá conservando intacta su alma. Porque hay ciudades que se visitan. Hay barrios que se recorren. Y luego está Triana. Ese lugar donde los recuerdos, antes que verse, siempre se huelen